Al principio de todo

Por estos días de Covid, aquí en Israel se elevan las voces con feroces críticas hacia la población ultra-ortodoxa. Muchos de sus integrantes, en algunos casos por ignorancia, por negligencia y en otros a sabiendas, siguiendo a sus autoridades rabínicas, hacen caso omiso a las disposiciones gubernamentales para cuidado propio y de la sociedad toda. ¿Cuál debe ser la actitud de quienes amamos nuestra Tradición y observamos las mitzvot, y al mismo tiempo somos respetuosos de la legalidad de la sociedad?

Esta semana comenzamos a recorrer la Torá desde el principio, “mibereshit”. En el espacio de los primeros capítulos de la Biblia, leemos acerca de dos pecados y dos exilios. Primero, Adán y Eva comen del árbol que Ds prohibió explícitamente, y como resultado son expulsados ​​del Jardín del Edén. Luego Caín mata a su hermano Abel y es sentenciado a pasar su vida sin hogar y vagando.

¿Por qué la Biblia comienza con dos historias de exilio?

Las dos historias tienen muchas similitudes: en ambas el Hombre peca. En ambas, cuando se le da la oportunidad de defenderse, el Hombre se intenta eludir de la responsabilidad. Y en ambos casos el castigo es el mismo: destierro y vagabundeo, y maldición sobre la tierra para dejarla estéril o inútil.

Pero a pesar de todas las similitudes entre las dos historias, está claro que se relacionan con dos dimensiones diferentes.

La historia de Adán y Eva se centra en la relación “ben adam la Makom”, entre el hombre y Ds: ellos transgreden el mandato divino de no comer del árbol prohibido. La historia de Caín y Abel gira alrededor de la relación “ben adam la javeró”, entre el Hombre y su semejante: el pecado de Caín está en un nivel humano.

Las excusas dadas por Adán y Caín para defenderse corresponden a estas dos dimensiones: el primero, acusado de violar un mandamiento divino, intenta culpar a Ds: “La mujer que me diste, me dio el fruto”. El segundo, por otro lado, está acusado de una transgresión entre hombre y hombre, y trata de negar su responsabilidad: “¿Soy yo el guardián de mi hermano?”. Y sin embargo, ambos pecados conducen al mismo resultado: exilio y vagar, y una desconexión con la tierra, que se vuelve improductiva.

En un notable paralelo a los dos relatos de destierro con los que abre la Biblia esta semana, la historia judía ha sido testigo de dos exilios del pueblo judío de su tierra. El Talmud enseña que cada uno de ellos fue el resultado de un fracaso específico del pueblo judío: el primer exilio fue un castigo por la idolatría y los fracasos “ben adam la Makom”, mientras que el segundo fue el resultado del “sinat jinam”, el odio gratuito “ben adam la javeró”.

Estos dos fallos se corresponden con los dos exilios de la Parashá de esta semana, Bereshit: el primero por fallos de fe y el segundo por fallos de responsabilidad social.

Hoy, que el pueblo de Israel regresó a su tierra después de dos mil años de exilio, ¿qué podemos aprender de las dos historias con las que comienza la Torá? De hecho, plantean el doble desafío al que nos enfrentamos como sociedad: ser fieles tanto a nuestra tradición como a nuestras obligaciones sociales. Ser una sociedad judía y democrática. De nosotros depende renovar el compromiso de construir una sociedad basada en la libertad, la justicia y la paz, como la imaginaron los profetas de Israel.

Les deseo un buen comienzo de ciclo.

Con cariño y afecto, Shabat shalom.

Fernando Lapiduz.
Referente Rabínico, Congregación Masortí Bet-El, Madrid